Reseña de Un verano

Por Ana Paolini

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Un verano
Damián Huergo
Notanpüan
128 páginas

“No hay más verdad en el mundo que el delirio amoroso.”
Alfred De Musset

 

Los padres de Mauro acaban de separarse. Su mamá acepta que pase el verano alejado en la costa, ayudando a Julio y Andrea en el lavadero “Nautilus”. Con catorce años, Mauro todavía no se saca el short de Temperley que le regalaron en la “liga infantil” pero al mismo tiempo asume las responsabilidades de una tarea laboral simple, entrega la ropa limpia que lleva en los canastos de una bici y por ratos pasea o se queda un rato en la playa jugando al fútbol y  nadando en el mar.  Comienza a ganar su propia plata, decide ahorrar para comprarse una notebook y aprende a reconocer el deseo en su propio cuerpo, desde que ve a Victoria entrar al local por primera vez.  Todos los sentidos estarán a disposición de un mundo de sensaciones nuevo que todavía no puede ni sabe expresar  pero que lo dominan por completo.  Se imagina a Victoria desnuda y se masturba, se la imagina cuando esta en la playa, piensa en ella –incluso- cuando muy temprano a la mañana ve la persiana baja del departamento que alquila con su novio y sus amigos. Aprende a reconocerle la voz, la forma exacta de la boca, cada una de las prendas de ropa sucia que deja para lavar,  la bolita plateada que lleva en el ombligo y hasta sus aromas más íntimos.

 Mauro comienza a prestar atención al galanteo sutil que por momentos surge de los hombres hacia las mujeres, empezando por el tono juvenil y canchero de Julio para charlar con Vicky y Carolina cuando se acercan al laverrap, los comentarios y las acciones del “chico de rastas” y finalmente,  los consejos anticuados pero mucho más cercanos a lo que él siente que le da Roberto, un ex combatiente de Malvinas que le regala un cassette de boleros de Agustín Lara, le enseña a bailar y a entenderse un poco mejor.

 Sobre el final, Mauro encuentra a Victoria en un estado calamitoso, muy borracha y dormida en la arena. Mientras intenta abrigarla y despertarla, al tocarla y sentirla tan cerca, en ese estado de docilidad, se excita. Con la torpeza propia de la ignorancia no sabe cómo interpretar las señales tenues, difusas y el balbuceo que Victoria emite y -de un impulso- se lanza encima de ella.

 David Foster Wallace dice en una entrevista que “En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible. Pero si una obra de ficción nos permite de forma imaginaria identificarnos con el dolor de los personajes, entonces también podríamos concebir que otros se identificaran con el nuestro”. Mauro no experimenta algo parecido al dolor en este caso, sí un poco de angustia al ver a Victoria así como abandonada, pero la situación que se presenta unos instantes después podría alarmar al lector con consciencia de género de ocasión. Si entendemos el acto sexual como un acto deseado y violento, algo que se convirtió por estos tiempos en un tabú, la diferencia estaría en el consentimiento. Sin embargo, pese a que el consentimiento no existe (o no es evidente),  la narración traza un puente de empatía con Mauro.

 De alguna manera, unas páginas antes, Huergo se anticipa diciendo lo mismo que Wallace con otras palabras, haciendo hincapié no en la empatía a través del sufrimiento sino a través del humor: “Esa tarde había esperado que su papá se fuera a bañar para pisar el cemento fresco. Lo descubrieron y lo castigaron prohibiéndole ir al club. Sin embargo, para su asombro, cada vez que su mamá nombraba la anécdota lo hacía con los ojos brillosos. (…) Desde entonces, Mauro se había habituado a que las cosas malas, como las llamaba su mamá, mejoraban con el tiempo; incluso, pensaba, hasta podían llegar a ser cómicas.”

 Inmediatamente después de leer Un verano me acordé de la película Hable con ella de Pedro Almódovar. Salvando las distancias, algo similar sucede cuando uno se entera que Benigno había violado a Alicia, dejándola embarazada. Yo no pude dejar de sentir empatía por Benigno en ningún momento, es más, cuando Benigno se suicida y Marco se anticipa llegando tarde a la cárcel -en un estado de furia, impotencia y llanto-  lo viví como uno de los momentos más conmovedores de todo el film.

 Lo que la corrección política y la costumbre van generando día a día en las formas de percibir y pensar la realidad, el arte (en este caso la literatura) pueden deshacerlo en un rato y eso, como dice Wallace, es algo meritorio.

 

 

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