Reseña de La gran mayoría

Por Daniel Gigena

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La gran mayoría
Andrés Rubino
Pan Comido
86 páginas

En el primer libro del poeta cordobés Andrés Rubino (1981) se conjugan jergas y modulaciones de una lengua burocrática, puntual, común. Muchos de los poemas de La gran mayoría llevan como título frases hechas, locuciones y fórmulas verbales que suelen encabezar órdenes, opiniones y comentarios, en general estos también de carácter formulario. En “Con todo lo que eso implica” la voz de un sujeto parece forzada a sentir nostalgia; “En los tiempos que corren” compone un canto de resistencia resignada (“Apenado a ciertas horas/ me doy maña/ que dicho sea de paso/ no es poco ni tarde”). En otro poema, “Según tengo entendido”, se puede leer un arte poética del volumen: “No hago de la sombra/ una zona gris/ misteriosa o enigmática/ Recorto una realidad”. ¿Cuál es el recorte que el autor hace? Reflejo de aquellos materiales ordinarios que empadronan la realidad –varias veces una lengua estatal se infiltra en los versos;“mejor dicho en la política/ del poema”, como se lee al final del libro– los poemas de Rubino apuntan a “decir esto en vez de casi lo mismo” (“Creyente”). Sin embargo, de manera paradójica, “esto” que los poemas dicen es casi idéntico a lo que se escucha, a lo que se afirma y se repite día a día.

 La última estrofa de “Mejoría”, un poema táctico de La gran mayoría, facilita una clave para la búsqueda de una inflexión diferencial en esa zona gris habitada por omisiones y propinas: “La dulzura para tratar el tema/ me imprimió una fuerza/ más influyente que extrañar/ que decir”. (¿Más influyente que extrañar y que decir? ¿O que aquello que decir? En ese borde ambiguo los poemas de Rubino pierden la contundencia que ese vocabulario impersonal imprime y recuperan la ambigüedad necesaria para despejar los efectos de superficie.)

 Es en la segunda parte del libro (dividido en tres secciones: “Que dicho sea de paso”, “Las últimas consecuencias” y “Un viento largo”) donde la tensión entre los lenguajes instrumentales y el lenguaje poético se vuelve ostensible y adquiere un carácter urgente: “Reconocemos una lengua universal/ y disculpen ustedes/ que me pase estas horas/ hablando de trabajo” (del poema “Ustedes lo que tienen que hacer”). En “La mayoría de las veces”, de nuevo se lee esa tensión en el desplazamiento de una forma pronominal (“nosotros”) a otra: “Ya que estamos metidos hasta acá/ en este asunto y que esto es un poema/ de esos que les digo/ voy a aprovechar de agregar/ que abrigaré lo que pueda”. Tributaria de un gesto de cortesía brusca, de quebranto hiriente –un gesto afín al de otras voces contemporáneas, como las de Leticia Ressia, Alejandro Schmid y Ezequiel Alemian–, la poesía de Andrés Rubino encuentra, en el modo de retirar las cenizas de sentido de lo que “a la gran mayoría le pasa” (como testimonia el poema “Brasa”), su originalidad y consistencia.

 

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