Reseña de Las citas

Por Ana Paolini

Citas

Las citas
Sebastián Hernaiz
17 grises 
144 páginas

“Todos somos robots cuando nos comunicamos  acríticamente con nuestra tecnología”

Marshall McLuhan

 

A lo largo de Las citas se desarrollan tres historias por separado. Sebastián H. –el protagonista- toma contacto con Luciana Ch., Mariela L. y Belén C.M. por vía del chat de Facebook.  Pero atenti, esta novela no busca ser sencillamente la narración de esos preludios de conquista amorosa.

Para empezar, podríamos decir que Las citas es una novela lúdica y experimental.  Busca despabilar al lector de la pasividad respecto del habitus con la tecnología, del realismo tecnológico.

La palabra “cita” cobra el doble sentido: el de citarse en un lugar previamente acordado (el espacio virtual primero, el encuentro real después) y el de “mostrar que la literatura “cita” al mundo, asumiendo –por supuesto- que esa cita puede ser apócrifa, literal, deforme o cristalina”, como dice Mauro Libertella en la contratapa. Una suerte de combinatoria entre literatura, mundo e internet.

Hablamos de reproducir. Reproducir con lujo de detalles: fecha y hora, errores de tipeo, emoticones, imágenes y apócopes propios de esta época. Pero ¿por qué? ¿para qué?

Las tres historias invitan a reflexionar sobre las relaciones amorosas y el medio. Considerar al medio como un objeto que genera una realidad propia y un orden propio. Facebook es el mensaje.

Dentro de ese objeto/Facebook -que podría incluirse en lo que Eloy Fernández Porta denomina y describe con el nombre de “imperio de mediación afectiva” en el libro Eros, la superproducción de los afectos¿cómo surge la conquista?

Porta compara los nuevos espacios virtuales con la función del espacio público en el juego de seducción que el poeta Ovidio describe en el Libro I del Ars Amandi:

[Ovidio aconseja: “busca la ocasión para empezar una charla amistosa y sean palabras triviales las que den comienzo a la conversación”]

La seducción funciona como distracción e interrupción. Eso es exactamente lo que sucede cada vez que Sebastián H. comienza alguna de las charlas.

Las redes invitan con sutileza a la acción cuando sugieren perfiles para enviarles una solicitud de amistad, ver que “megustean” otros, que contestan, que fotos suben, etc.

El “stalkeo” es un tabú, nadie asume que lo hace ni está bien visto, pero es también parte del hábito y es parte del funcionamiento tácito y matemático de las redes. Así es como se expanden y crecen.

Lo que éstas redimensionaron es el espacio para la fantasía y  la autopromoción. Espacio en el que cada uno puede mostrarse como le gustaría ser y no necesariamente como es:

 “En Facebook cualquiera es divina. Cualquiera es seductor. Ser es gratis” le contesta Mariela L. a Sebastián H.

Claro que a veces los protagonistas pueden no coincidir en el estatus de la fantasía amorosa y lo que para Sebastián H. podía ser una aventura para otro no lo es.

Retomando el libro de Porta, algo similar sucede en la novela de Daniel Link  La ansiedad, donde el conflicto de una pareja homosexual se desata justamente por una falta de acuerdo respecto de la fantasía. ¿Hasta qué punto masturbarse en un chat es un juego o una tentativa de infidelidad?  

Si nos proponemos profundizar, la pregunta que sigue sería: ¿por qué se convirtió en un hábito esta nueva forma de vincularse?

Quizá porque la fantasía y  la “violencia” verbal que presupone el deseo expresado en las formas históricamente dadas -como por ej. el piropo- tienen ahora un peso negativo para la mayoría, son asuntos cada vez más reprimidos en la vida cuerpo a cuerpo entre desconocidos. Sea por políticas de una clase de feminismo, por un contexto de corrección generalizado o por lo que a mí me gusta llamar “cultura de preservación”, que traslada el campo de seducción a un espacio estrictamente privado, “inofensivo”, “seguro” e “igualitario” como  pretende ser (pero no es) el chateo.

Podría agregar una reflexión sobre el uso y el significado del tiempo: se percibe como mercancía. Si cada chateo es una distracción/interrupción del tiempo, aparece varias veces la duda o certeza de estar perdiéndolo cuando el cortejo fracasa y de ser escaso cuando triunfa:

“De pronto descubriste que estás perdiendo el tiempo” (Sebastián H.)

“Me hiciste perder tiempo y me engañaste a consciencia” (Mariela L.)

[Belén C.M.
-¿qué es el tiempo? 

Sebastián H.
-ves, si tuviéramos la cuenta regresiva, podríamos contestar fácile “lo que no le queda al diálogo”]

 

 

 

 

 

 

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