Reseña de La máquina de rezar

 

Por Ana Paolini

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La máquina de rezar
Bob Chow
Marciana
211 páginas

Bob Chow (Buenos Aires, 1963) Es licenciado en psicología y músico. Publicó las novelas El Momento de Debilidad (Nudista), El Águila ha llegado (Nudista) y La máquina de rezar (Marciana). Obtuvo el Premio de Novela de La Bestia Equilátera por Todos contra todos y cada uno contra sí mismo, aún no publicada.

“Hay algo en alguna parte y no es más que una creencia”

A Chow se lo compara con muchos autores y en especial se dice que su género es un mix que linda con el absurdo. A mi me gusta pensarlo como un borgiano pop y posmo porque en el fondo de todo ese caudal hiperbólico de ficción -que coquetea con la pos ciencia ficción o el absurdo- lo que hay es ensayo.

A fines de 1970 se publicó un libro de cuentos de Mario Levrero  titulado “La máquina de pensar en Gladys”, título que lleva el primero de los cuentos del libro y que se asemeja (o es) el relato de un personaje obsesivo.  No se sabe bien qué hace esa máquina de pensar en Gladys  -además de un “suave ronroneo habitual”-  pero hacia el final algo se sale de control.
La máquina de rezar empieza imitando el comienzo de “La máquina de pensar en Gladys” para desviarse por completo, algo parecido a lo que hizo Fogwill con el cuento de Borges  “El Aleph” en “Help a él” y que no debe ser el único ejemplo dentro de la literatura.

Quizá lo que intenta poner de manifiesto el autor con esa breve introducción es que hay algo verdadero y real en la obsesión.  Es la forma de llevarnos a lo opuesto,  al engranaje fundamental de la novela, el concepto de interpasividad acuñado por Žižek. Nos acostumbramos a que las máquinas hagan cosas por nosotros, cosas tan primitivas como reír, haciendo alusión a la invención de las risas grabadas.  El hombre contemporáneo vive inmerso en la imitación artificial de casi todo.

E. P. Thompson escribió un libro llamado Tradición, revuelta y consciencia de clase hace más de treinta años. En él, hay un estudio exhaustivo de cómo fue cambiando con el advenimiento del capitalismo la percepción y el uso del tiempo y el espacio:
“Si van a aumentar nuestras horas de ocio, en un futuro automatizado el problema no consiste en “cómo podrán los hombres consumir todas esas unidades de tiempo libre adicionales” sino “qué capacidad para la experiencia tendrán estos hombres con este tiempo *no normatizado* para vivir”
Irónicamente el tiempo *no normatizado* es tiempo que se consume siguiendo la norma, como Chaplin en Tiempos modernos, que ajusta tuercas en el aire.

La máquina de rezar  “podría ser un simulacro de rezo. Un simulacro de sinsentido para el que cuando cree,  no cree que cree y cuando no cree, no cree que no cree.”
“En el futuro las máquinas trabajaran duro para que sigamos siendo personas y ellas puedan seguir siendo máquinas”
Una parodia para llenar un vacío -podríamos pensar o dejar picando la idea-. Quizá por eso fue la primera máquina, la primera en dar el salto.

Más allá de este sugerente comienzo que deja muchas ideas trabajando en el inconsciente -muy a pesar de lo que el siglo XXI quiere que deseemos- nuestro protagonista se llama Ron Tudor. Ron es un historietista que llega a París y que mientras pretende seguir adelante con sus comics busca mejorar su  nivel de francés leyendo los últimos seminarios de Lacan. Se pregunta si pese a que el autor es estudiado con pasión no será un bromista y algún chiste quiso hacer con eso de “El fracaso del inconsciente es el amor”.
Ron se encuentra con su amigo Charb, que no es ni más ni menos que el editor de Charlie Hebdo, y es quien le indica como encender la máquina de rezar.
París no ser suficiente y busca algo más interesante viajando a la tierra prometida de los coffeshops.
Además de canales y bocados de arenque,  en Amsterdam todo pasa por consumir  variedades de hachís. Los coffeshops parecen ser una suerte de locales de Starbucks, los subtipos de hachís no escapan al marketing con sus terminologías seductoras y rimbombantes: Alien Technology,  Durban Poison, Trainwreck X, Pakistan Chitral Kush (y quizá la lista de variedades sigue).

Mientras se dispone a fumar aparece Valentina. Ella es una astrobióloga portadora de una belleza indescriptible que trabaja en el programa SETI y que pasa a ser la obsesión que guía todas las acciones de Ron casi hasta el final. Valentina se convierte literalmente en una diosa; fuente de credo, sentido y deseo. Con ella protagoniza escenas de porno para una película sobre Batman Iraquí. Aunque no sabe bien cuál es su rol, en todo momento es su acompañante. Parte de la novela es una suma de delirios en tierras islámicas al borde de la muerte. Pero no olvidemos, mientras tanto en París la máquina de rezar sigue funcionando.

De vez en cuando se escribe mails con Barbarita Khan –soldado de Lacan- que no es capaz de entender que un hombre enamorado puede de estrellar su avión convencido.

Todo va bien hasta que Ron empieza a desconfiar de Valentina y descubre que todo es parte del plan maquiavélico de Ozon, el director de cine. Aquí es donde la máquina  de rezar deja de funcionar.

A modo de síntesis, si hay algo que queda claro es que a Bob Chow le gustan las simetrías y lo que las rompe, en varios sentidos:
Al comienzo señalé la relación con “La máquina de pensar en Gladys”.
La belleza femenina ocupa un lugar central (es sabido que la belleza se asocia a la simetría). También hay una historia principal que parece repetirse con mutaciones disparatadas (lo que le sucede a Ron Tudor le sucede a también al protagonista de la historieta -Ultravisitor- y le siguen otras tantas combinaciones menores).
Y la última -pero no menos importante- es que la novela puede pensarse como una copia y mutación de su primer novela, El momento de debilidad:

El rol de Valentina y el de Verónica Weiss. Belleza, sentido y felicidad.
Ron Tudor -el escritor de comics- y Bob Sabbath -el escritor de informes-.
El turismo sexual que excede las religiones y creencias, no tiene fronteras.
El director de cine, eje del mal, arrebatador: Ozon y Damocles.
El eco  y los links a Houellebecq, sea Plataforma o Sumisión.
Los extraterrestres y la reproducción. ¿Para qué estamos? ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos?
Las críticas ficcionadas y fulgurantes al capitalismo.
Las relaciones entre consumo de drogas y tecnología. Ser otros al mismo tiempo. La interpasividad.
Máquinas de rezar o antenas. Sentido y creencia.

Queda una última pregunta que podemos hacernos: ¿El amor es el fracaso o el triunfo del inconsciente?

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