Voces sobre la correspondencia de Néstor Perlongher

 

Por Daniel Gigena

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Editado por Cecilia Palmeiro, Correspondencia de Néstor Perlongher (1949-1992) permite enmarcar una trayectoria vital y estética signada por la pasión y la irreverencia en un espacio de coordenadas funestas. La dictadura militar en la Argentina, la crisis socioeconómica, el exilio forzado por la persecución policial y la emergencia del sida en los años ochenta aparecen en las cartas del autor de Alambres, Parque Lezama y Hule. La investigación de Palmeiro entronca con su trabajo anterior, Desbunde y Felicidad. De la cartonera a Perlongher, publicado en 2011. Allí estudiaba la obra de Perlongher publicada en la Argentina y Brasil y sus efectos posteriores en otra generación de escritores y activistas alrededor de la crisis de 2001-2002 y la formación de una politización literaria bajo la consigna de “las políticas del deseo”. En el archivo de movimientos sociales de la Universidad de Campinas, Palmeiro descubrió el Fundo Néstor Perlongher y leyó algunas de sus cartas dedicadas a Beba Eguía y Ricardo Piglia. “Me parecieron fascinantes –cuenta Palmeiro−, sobre todo por el carácter de obra que ya tenían: por el modo en que el propio Perlongher las guardaba y ordenaba, por cómo estaban archivadas, y por su escritura en una lengua afilada en la poesía para dar vuelo (y voluta) a la protesta social.” Desde entonces el proyecto comenzó a gestarse en diálogo con los Piglia, con Damián Ríos, con Tamara Kamenzsain, con Francisco Garamona (el editor de Mansalva) y con el albacea de Perlongher, el poeta y crítico Roberto Echavarren.

 

Poesía del exilio, ayahuasca y sida

Desde Uruguay, Echavarren recuerda los inicios de su amistad con Perlongher: “Conocí a Perlongher en San Pablo en 1984 en la presentación del libro Galaxias de Haroldo de Campos. Yo ya había leído su primer libro de poemas, Austria/Hungría. No se parecía a nada que se escribiera por entonces. Humor, ironía y algo que se abría como un tajo, una condición de gozo homoerótico en su desconcertante intensidad. Néstor realizó en ese y los libros que siguieron una poética del enchastre, de los fluidos corporales, un cruce entre poesía y algo más, una excrecencia, un exceso, una marca imborrable de su singularidad”. La correspondencia de Perlongher, como indica Palmeiro, tiene un aire de obra consciente del autor sobre el cauce que quería dar a sus escritos. A partir de los años 80, cuando su obra poética y ensayística ya había sido reconocida y contaba con difusión en medios gráficos, se advierte en las cartas el deseo de Perlongher de tutelar sus escritos: una red de influencias, de nombres-llave (como los de Piglia o Kamenszain que, más de cuarenta años después, aún desempeñan ese rol en la cultura local), de pedidos de becas, gestiones por viajes a congresos o festivales. Estas cartas, más instrumentales, se entremezclan con otras personales e intensas, en las que narra su vida como paciente atribulado, como lector entusiasta, como exiliado en una ciudad (San Pablo) que lo rechaza y de la que le cuesta salir.

“La correspondencia va desde 1976 hasta su muerte en 1992. En ese recorrido es posible leer las experiencias históricas y políticas que dieron forma a su obra: la dictadura, la represión, el exilio ‘sexual’ en San Pablo, el desbunde brasileño durante la transición democrática, la explosión de las políticas minoritarias, el feminismo y el movimiento gay, el neoliberalismo y la crisis del sida; pero también la transformación del paradigma de lo analógico a lo digital: el uso vanguardista de las primeras PC facilitó muchísimo la tarea, ya que Perlongher pudo cómodamente guardar copias de todos las cartas que escribió desde 1990”, detalla Palmeiro. Considera esas cartas “un laboratorio poético y político” donde el escritor nacido en Avellaneda ensayaba sus teorías y juegos con las palabras en diálogo con sus amigos. ¿Es posible rastrear el modo en que las frases, las imágenes, las figuras retóricas entran y salen de la literatura a la vida? Las cartas revelan la trastienda del “barroco de trinchera”.

Son, también, el documento del cuerpo de Perlongher convertido en banco de prueba de las primeras medicinas contra el virus del sida, de hierbas recomendadas por curanderos, del efecto improbable de las plegarias del padre Mario. “Para complicar las cosas había aquí un muchacho del Santo Daime, francés que habita la comunidad en las montañas de Río, quien argüía cierta incompatibilidad entre el AZT y el Dame. Pero ocurrió que me vino una erupción cutánea que me llenó de pánico y ahí me aboqué de lleno a tomarlo”, le cuenta a Beba Eguía en mayo de 1990. Las ideas sobre el sida de Perlongher, influidas acaso por ciertas lecturas de la época, fueron erráticas. Ni la ayahuasca ni el padre Mario hicieron aportes a la salud de los pacientes, ni en los años 90 ni ahora.

 

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Un revolucionario en el torbellino de las letras

“Es difícil dar una visión de conjunto de la vida y las tareas de Néstor –dice Echavarren–. Fue una carrera fulgurante contra el tiempo que se desarrolló en muy pocos años.  Pienso que el volumen de su correspondencia que se acaba de publicar es un modo de entrar a la red de sus amistades intelectuales y al conjunto de sus preocupaciones.” Para él, Perlongher elaboró un combo de militancia minoritaria, teoría político-libidinal (cuyos ingredientes principales los aportó Mil mesetas, la obra de Deleuze y Guattari) y escritura poética que transformó al “neobarroco” en un hito, un acontecimiento literario y cultural  equivalente en proyección al modernismo hispanoamericano.

Osvaldo Baigorria es uno de los destinatarios privilegiados por Perlongher, sobre todo durante la primera parte de la correspondencia. “Yo recibía las cartas en una comunidad rural de la Columbia Británica del Canadá, situada en las montañas. Había que ir a buscarlas a una cabaña de madera que hacía de estafeta postal que abría dos días por semana, cuando llegaba el camión del correo. Leí las primeras a la luz de una lámpara de kerosén, porque al principio no tenía electricidad –cuenta el autor de Llévatela, amigo, por el bien de los tres–. El contraste con el lugar de donde venían era inmenso. Las leía como testimonios de un amigo que estaba al otro lado de la alambrada de púas, en un campo de concentración.” Ese campo de concentración de límites difusos era la ciudad de Buenos Aires durante la dictadura militar. “Esos testimonios tenían que atravesar los controles policiales del correo argentino. No era una fantasía paranoica. Ese control se sentía cada vez que una carta (demorada varios meses) aparecía con el sobre rasgado, abierto en una punta y vuelto a pegar en forma desprolija”, detalla Baigorria, a quien Perlongher denomina “majestad ártica” en sus cartas. “Su estilo epistolar era el de un ‘barroco de trinchera’. Pero aun cuando empezó a escribir desde un lugar más seguro, como Brasil, su forma natural de expresión era no decir nada ‘como viene’ sino perderse en el torbellino de las letras.” Suerte de autobiografía involuntaria, expresada en una de las tantas “lenguas de las locas”, Correspondencia de Néstor Perlongher deja entrever no sólo las potencias del deseo, la escritura y el activismo para transformar el mundo sino también la medida de aquello a lo que esas fuerzas libertarias se enfrentan.

 

 

 

 

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