Literatura y neurociencias

Por Gonzalo Santos

978-987-1920-90-7

Tácticas de superación personal
Francisco Moulia
Interzona, 2015
232 páginas

 

El texto arranca con una situación brutal: un joven ayuda a suicidarse a su bisabuela de 102 años, facilitándole una silla para que se arroje desde un séptimo piso. La decisión parece haberla tomado de la única forma en que ciertas personas son capaces de tomar estas decisiones: sin mucha consideración previa.

El autor parte del hecho trágico y va, como Barón Biza, hacia adelante. No hay un conjunto de motivaciones que dan cuenta de la decisión trascendente. De cierta forma el texto de Moulia está más a tono con las neurociencias, que terminaron de horadar el concepto de libertad: la voluntad, en esta novela, parece ser algo que acontece a posteriori de la acción. La motivación surge casi como añadidura: no más que una rémora del acto.

Para el personaje, José, pudo haberse tratado de odio —odio contra sí—, como interpreta al principio; pudo haberse tratado de amor, como interpreta después; o tal vez del punto de convergencia entre ambos: esa zona difusa que tanto se ha analizado desde la semántica de los prototipos.

Sin embargo, cuando narra la primera escena lo que se advierte no es odio, ni amor, sino una cierta indiferencia (incluso cinismo) que recuerda al personaje Mersault, de El extranjero, y que obtura cualquier posibilidad de empatía inmediata: “Estoy casi seguro de que escuché el impacto del cuerpo de la Bisa contra el patio del primer piso. O justo en ese momento, algún vecino abrió una nuez”, escribe al principio del diario que, a modo de writing cure, lo acompañará durante tres meses en el Valle de Traslasierra, lugar en el que se instala para tomar un poco de distancia de la situación (algo que, por cierto, logra, aunque no a causa del alejamiento geográfico, sino como efecto de la escritura).

Allí no tarda en encontrar varios puntos de fuga, entre ellos el sexo, y en ese sentido recuerda un poco al narrador de El desierto y su semilla; pero la idea de eutanasia vuelve —como también volvía en ese narrador la idea de suicidio— a través de su nuevo vecino, Iván: un científico que cada día se pone a darle puñetazos a un nogal, y que sostiene haber inventado una fórmula de la inmortalidad que en su caso funcionó, pero en el de su mujer degeneró en cáncer: tuvo que matarla para que no sufriera. La historia va y vuelve de la eutanasia a la atanasia, y detrás de todo, o debajo de todo, está el Tánatos.

A medida que avanza en su diario, la apatía se va diluyendo. La escritura, en cierto modo, le restituye un poco de dramatismo a la situación, vuelve apresable su pathos: lo adapta a una nomenclatura. El artificio es terapéutico: el desafío es no advertir que, en el proceso, adviene al mundo un doppelgänger, una duplicación comprensible, de la que es posible extraer un sentido. Moulia juega con esa idea: ficción y realidad se vuelven, en el texto, dos categorías problemáticas. “El señor Iván ya no distinguía el límite entre su personaje y su persona”, le dice José a su psicóloga. Pero ella sugiere que podría tratarse de un mecanismo de proyección: acaso el que puede haber estado distorsionando las cosas es el propio José. La ambigüedad lo invade todo: lo que pudo ser ciencia ficción desemboca en eso que Todorov llamó fantástico puro. El lector vuelve a tomar distancia, como al principio; aunque con la confusa sospecha de haber sido cómplice de un engaño. 

 

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